

En la oscuridad, en medio de oraciones, cantos y lecturas de los textos sagrados, los primeros cristianos, en los siglos I y II, en la clandestinidad, vivían su fe bajo el yugo del Imperio Romano. En estas reuniones “secretas”, entre exhortaciones y manifestaciones del fervor religioso, se escuchaban las melodías y cantinelas habituales en la sinagoga judía. De esta herencia hebrea y grecorromana, sabemos que adoptaron formas y estructuras de algunos himnos paganos así como el ethos de las escalas modales; declamaban melódicamente los Salmos escritos por el rey David y Asaf, la Salmodia; y entonaban el aleluya, el “amén” (así sea) y el “Gloria”. Otra de las características importantes es que la música era predominantemente diatónica, evitando cualquier cromatismo (la microinterválica griega se había extinguido), y se mostraba subordinada al texto, es decir, el objetivo de la música era enfatizar el sentido de las frases; así permanecería por años.
Debido al acoso y persecución, muchos cristianos comenzaron a huir a diversas localidades como Bizancio, Antioquia, Alejandría y Grecia en oriente y hasta Milán y Roma en occidente, donde se establecieron formando diversas comunidades cada una de las cuales desarrollaría su propia liturgia pero manteniendo los rasgos de la música griega y hebrea. De esta variedad de núcleos culturales podemos distinguir en occidente
v Liturgia Ambrosiana o Milanesa
v Liturgia Romana
v Liturgia Galicana
v Liturgia Visigoda o Mozárabe
mientras en oriente distinguimos las liturgias de Siria y Bizancio.
Esta diversidad litúrgica se verá disminuida debido al intento de unificación del papa Gregorio el Grande, extendido durante los siglos VI y VIII.
Obras como Anastaseos hemera (liturgia bizantina) o Veni redemptor gentium (liturgia milanesa, canto ambrosiano), reflejan las características musicales de este período temprano marcado por la expansión del cristianismo.

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